Arboreceme de noche
en la penumbra
de los bloques disruptivos
de mis pensamientos.
Mis pestañas enmascaran
las manchas de mis pliegues,
que se esfuerzan por versarse.
Mientras danzan a susurros
las ramas que atraviesan
la pintura cimentada de mi rostro.
Se encaminan entrenudos,
que explotan desnudos,
en el velo rojo de la piel,
las yemas acongojadas y valientes,
por descubrir el éter doloroso en el
amor.
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